El capitán James Cook (1728-79) descubrió y bautizó la deshabitada Isla de Norfolk en 1774. La alabó por sus pinos, pensando que serían ideales para construir mástiles de barcos. Estaba equivocado.
La isla, ubicada a 1600 kilómetros al este de la costa de Nueva Gales del Sur, fue ocupada por primera vez por un grupo de soldados británicos y convictos. Entre 1825 y 1856 fue una penitenciaria para criminales peligrosos: un lugar de miseria y brutalidad. Posteriormente, fue el escenario del desenlace de un drama que había empezado 70 años antes, con el conocido motín del Bounty.
En abril de 1789, en medio del Océano Pacífico, un grupo de amotinados dirigidos por Fletcher Christian dejó a la deriva, a bordo de un bote, a su capitán y a varios miembros de la tripulación. La mayoría de los amotinados se quedó en la isla cercana de Tahití; algunos continuaron navegando hacia el Este, junto con varios tahitianos, para establecerse en la desierta Isla de Pitcairn. Allí, después de 18 años de violencia y enfermedad, sólo quedaron con vida un europeo y un pequeño grupo de tahitianos.
En 1859, toda la comunidad de de Pitcairn, que por entonces era de 194 personas, fue transportada a la Isla de Norfolk. Cerca de un tercio de los actuales isleños es descendiente de aquella comunidad, y hoy la antigua colonia penal es un atracción turística.
Más de 20.000 turistas visitan la isla cada año, lo que proporciona la mayor parte de sus ingresos. Otras fuentes de ingreso son los sellos de correo, la venta de licores y los servicios financieros.
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